
En Italia, mi tierra de origen, el turrón Suchard de chocolate no es el producto estrella de la Navidad. Allí mandan otras tradiciones, otros sabores y otras marcas. Yo lo descubrí en mis primeros años en España, cuando empecé a entender que aquí la Navidad no empieza el 24 de diciembre, sino mucho antes… normalmente cuando el supermercado decide que ya toca.
Y entre polvorones, anuncios sentimentales y mesas familiares, hay un clásico que se repite año tras año: el turrón de chocolate Suchard. Un producto que no solo se come, sino que se recuerda. Está cargado de nostalgia, de infancia y de ritual. Pero también es un ejemplo fascinante de cómo un producto popular puede volver, casi sin darnos cuenta, a convertirse en un lujo.
Porque en los últimos años algo ha cambiado. El Suchard de siempre sigue ahí, pero su precio ya no es el mismo. Impulsado por el encarecimiento del cacao y de los costes de producción, el producto ha pasado de ser un placer accesible a un capricho cada vez más caro. En un contexto económico complejo, el turrón parece regresar a sus orígenes. Y no es una metáfora.
A principios del siglo XIX, cuando nació Suchard, el chocolate era un producto elitista.
Tan exclusivo que una pequeña tableta, disponible solo en farmacias para las clases altas, podía costar el equivalente a tres días de trabajo. No era un dulce. Era un símbolo de estatus.
Ahí aparece Philippe Suchard, nacido en 1797 en el cantón suizo de Neuchâtel. Emprendedor inquieto, empezó como aprendiz en la confitería de su hermano en Berna, donde aprendió el valor del trabajo artesanal y, sobre todo, del comercio. Pero su ambición iba mucho más allá. Antes de triunfar con el chocolate, fracasó en varios negocios: una naviera, una granja de gusanos de seda, incluso un intento de crear una colonia suiza en Nueva York.
Ese viaje a América, sin embargo, le dio algo mucho más valioso: contacto directo con la industrialización. A su regreso, abrió una confitería en Neuchâtel y, apenas un año después, fundó su propia fábrica de chocolate. Ahí empezó la verdadera transformación.
Suchard entendió algo clave: para democratizar el chocolate había que cambiar el proceso, no solo el producto. Aprovechando la energía hidráulica del río Ródano, desarrolló un molino con placas y rodillos de granito calentado, el famoso Melangeur. Una innovación que permitió mejorar la calidad del chocolate y, sobre todo, reducir costes. Tecnología aplicada a la tradición. Marketing industrial antes de que existiera el término.
Aun así, los primeros años fueron duros. La empresa sobrevivía al límite hasta que, en 1842, todo cambió con un gran pedido de Federico Guillermo IV de Prusia. No solo fue un impulso financiero, sino reputacional. Suchard pasó a ser “el chocolate del rey”. Y eso, en marketing, siempre ayuda.
Los premios en la Exposición Universal de Londres (1851) y París (1855) consolidaron la marca. En 1860 entra en escena Karl Ruhs, encargado de la internacionalización. Bajo su dirección, la producción se mecaniza aún más y se abren fábricas fuera de Suiza. Suchard se convierte en el principal fabricante de chocolate de Europa.
En ese contexto de expansión, y con patentes aún poco protegidas, Suchard copia una innovación clave de Daniel Peter: el chocolate con leche. Para comercializarlo, crea una marca específica: Milka. Envase púrpura, vaca como icono y una identidad pensada para durar décadas. Y funcionó.
En 1909 Suchard llega a España, abriendo su primera fábrica en San Sebastián. Fue clave para el desarrollo industrial de la zona y destacó por algo poco común en la época: una gran presencia de mujeres en la plantilla y mejores condiciones laborales que las de otras industrias. Durante la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión, la empresa se diversificó con éxito al lanzar Sugus, lo que aseguró su supervivencia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el chocolate vuelve a florecer. Y en España, en 1960, Suchard toma una decisión estratégica brillante: lanzar un producto “especial” para Navidad. Aprovecha la tradición del turrón, pero introduce el chocolate, algo poco habitual hasta entonces. Gran campaña publicitaria, gran ambición y una receta que apenas ha cambiado en décadas.
El resultado fue inmediato. El turrón Suchard se convirtió en un clásico intergeneracional. Un producto que no necesita explicación. Solo presencia.
Desde 2020, según estudios como el de FIT Store, el precio del turrón Suchard ha aumentado un 88%, alcanzando los 5 euros por tableta, mientras que el peso se ha reducido más de un 11%. Más caro y más pequeño. El manual completo de la reduflación. El consumidor paga casi el doble por menos producto, muchas veces sin una comunicación clara.
En redes sociales, las críticas no han tardado en aparecer. El llamado “turrón gate” no va solo de precios; va de percepción de abuso. De ruptura del contrato emocional con el consumidor.
Es cierto que el cacao atraviesa una crisis grave. Costa de Marfil y Ghana, responsables del 55% de la producción mundial, han sufrido el impacto del fenómeno de El Niño y enfermedades que han diezmado las cosechas. Pero también es cierto que en muchas recetas el azúcar representa hasta el 50% de los ingredientes. Culpar solo al cacao simplifica demasiado la historia.
Hoy, más de seis décadas después de su lanzamiento en España, el turrón Suchard sigue siendo una tradición. Pero su escalada de precios plantea una pregunta incómoda, muy relevante también en marketing:
Porque la historia nos recuerda algo importante. Suchard nació como un lujo; se convirtió en un producto popular gracias a la innovación… y quizá esté volviendo a ser un lujo. La diferencia es que ahora el consumidor lo sabe, lo compara y lo cuestiona.
Y eso, para cualquier marca, cambia las reglas del juego.


